
EDITORIAL - Durante meses, el relato oficial se sostuvo sobre una premisa innegociable: la existencia de una "casta" parasitaria que vivía a expensas del esfuerzo de los argentinos, contrapuesta a una gestión de pureza celestial que venía a refundar la moral pública. Desde el atril oficial, con un tono que oscilaba entre la soberbia y la ironía chicaneadora, se dictaron sentencias diarias. Se festejó la crueldad, se naturalizó el despidos de miles de trabajadores estatales, se asfixió presupuestariamente a las universidades públicas y se miró con desdén el reclamo de jubilados y personas con discapacidad. "No hay plata", repetían, como un mantra sagrado para justificar el desamparo de los más vulnerables.
























