
A 180 años de Punta Quebracho, la batalla que salvó la soberanía nacional
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La historia oficial suele tener una memoria selectiva. Todos los 20 de noviembre la Argentina conmemora el Día de la Soberanía Nacional en recuerdo de la batalla de Vuelta de Obligado, aquella gesta heroica donde las tropas nacionales encadenaron el río Paraná para frenar el avance de la flota anglo-francesa. Sin embargo, pocos saben que esa batalla, en términos estrictamente militares, fue una derrota. Los europeos cortaron las cadenas y pasaron.
La verdadera victoria, el golpe de gracia que consolidó la soberanía y obligó a las superpotencias a retroceder, ocurrió siete meses después, un día como hoy, hace exactamente 180 años. Tuvo lugar en suelo santafesino, en las altas barrancas de la actual localidad de Puerto General San Martín, y se la conoce como la Batalla de Punta Quebracho.
Para entender por qué británicos y franceses navegaban el Paraná con barcos de guerra en 1845, hay que mirar la economía de la época. Diez años antes, en 1835, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, había sancionado la Ley de Aduanas. Esta medida era fuertemente proteccionista: buscaba defender las industrias y artesanías de las provincias del interior gravando con altos impuestos a los productos extranjeros que entraban por el puerto de Buenos Aires.
Gran Bretaña y Francia, en plena Revolución Industrial, necesitaban colocar sus excedentes de producción a toda costa. La solución que encontraron fue violar la soberanía argentina: declarar la "libre navegación" de los ríos interiores por la fuerza, saltearse la aduana de Buenos Aires y vender sus productos directamente en los mercados del litoral y de los países vecinos como Paraguay.
En 1845, la tensión estalló. Una imponente flota combinada de un centenar de barcos comerciales, escoltada por los buques de guerra más modernos de la época (muchos de ellos con propulsión a vapor), avanzó río arriba desafiando a la Confederación Argentina.
De la resistencia de Obligado a la estrategia de Quebracho
Tras el feroz combate de Vuelta de Obligado en noviembre de 1845 —donde el General Lucio N. Mansilla lideró una defensa que, aunque heroica, no pudo impedir el avance—, la flota europea logró llegar hasta Corrientes y Paraguay. Sin embargo, el viaje comercial fue un fracaso absoluto: las poblaciones locales, empobrecidas por la guerra o fieles a la política de Rosas, les compraron muy poco.
Siete meses después, diezmados, con los barcos cargados de mercadería invendible y con necesidad de reparaciones, los invasores emprendieron el regreso hacia el Río de la Plata. Pero Mansilla y sus hombres los estaban esperando.
El lugar elegido para la emboscada fue el Paso Angostura del Quebracho. Las condiciones geográficas de ese rincón santafesino eran perfectas para la defensa: el río allí se estrechaba y estaba flanqueado por altas barrancas.
El 4 de junio de 1846, cuando los primeros buques europeos asomaron por el recodo del río, las tropas argentinas —ocultas estratégicamente en lo alto de la costa— desataron un infierno de fuego. Los cañones nacionales, disparando en un ángulo descendente ideal, causaron estragos en la flota invasora. Los barcos comerciales y de guerra sufrieron daños gravísimos; varios de ellos fueron hundidos o encallados, y la tripulación europea debió huir en retirada hacia el delta en un sálvese quien pueda.


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