
Wissam Ali, el marinero sirio que pidió asilo en Argentina: “Si vuelvo, me matan”
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El hombre, originario de Tartús, una ciudad portuaria al oeste de Siria, no escapaba de la ley. Escapaba de la guerra. De la persecución. De la posibilidad cierta —según sus propias palabras— de no volver a ver la luz si regresaba a su país. Fue claro ante las autoridades migratorias: pedía refugio, pedía asilo político. No buscaba desaparecer, sino ser protegido.
Wissam llegó a Argentina a bordo de un buque que atracó en Puerto San Martín. Una vez en tierra, se separó del grupo con el que había llegado y dejó de estar localizado. Durante varios días, fue buscado bajo una alerta nacional. El contexto internacional y su nacionalidad encendieron especulaciones. Pero Ali no había cometido ningún delito: solo había tomado una decisión desesperada.
"Lo primero que preguntó fue cuándo podría traer a su familia", relató Emilio Jatón, secretario de Derechos Humanos de la provincia de Santa Fe, quien acompaña su caso desde el inicio. La respuesta, sin embargo, no es sencilla. El proceso para obtener el estatus de refugiado político en Argentina puede demorar meses, incluso más de un año. En ese lapso, Ali deberá mantenerse con una residencia provisoria y sin certezas sobre su futuro inmediato.
Un pueblo en ruinas, una vida en vilo
Tartús, la ciudad natal de Wissam, es una de las regiones sirias que, si bien menos golpeadas que otras por los bombardeos directos, ha sufrido las consecuencias económicas y sociales del conflicto que desde 2011 mantiene a Siria en guerra. Según el testimonio del marinero, su comunidad fue devastada. "Dijo que su pueblo fue masacrado, que si regresa lo asesinan", contó Jatón en declaraciones radiales.
Ali logró escapar, pero su familia sigue en Siria. Su mayor preocupación no es qué pasará con él en Argentina, sino cómo podrá proteger a los suyos.
Mientras espera que el gobierno nacional resuelva su solicitud, Ali vive en la casa de otro ciudadano sirio en la ciudad de Santa Fe. La comunidad árabe en la región le ofreció abrigo, comida, y un primer espacio de contención. El hombre que lo aloja trabaja como técnico de electrodomésticos y le propuso enseñarle el oficio. Entre cables, motores y herramientas, Wissam intenta reconstruir una rutina. Aprender el idioma es otro de sus desafíos. Por ahora, la comunicación es limitada, pero la voluntad es inmensa.


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